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Mantener la chispa encendida

Las enzimas son como la chispa que enciende el motor, realmente son una especie de soplo divino nutritivo; son moléculas proteicas que contribuyen a la digestión, a la transformación de los alimentos en nutrientes básicos, a reparar los tejidos, la absorción de oxígeno, la producción de energía, la eliminación de toxinas, la regulación hormonal y una multitud de procesos fisiológicos para los cuales son esenciales y sin su intervención la vida no sería posible.

Actualmente hay alrededor de tres mil enzimas identificadas pero los especialistas especulan que pueden ser más de cincuenta mil. Realmente al tomar consciencia de cosas como esta, me llama poderosamente la atención como muchos profesionales e investigadores en el campo de la salud hablan de los hechos conocidos como si se acercaran a un escenario definitivo, ¡cuando en realidad está todo por descubrirse!

Siempre insisto, la prudencia y una selección lo más natural posible de los alimentos, son nuestros mejores consejeros. Lo que si sabemos en este punto es que las enzimas son sensibles al calor y cuando la cocción se eleva por encima de los 42ºC, la mayor parte de las mismas pierde su funcionalidad.

Razón por la cual, desde las diferentes escuelas de la medicina natural, insistimos en la importancia de asegurarnos una buena carga de frutas y verduras crudas, semillas germinadas o activadas y alimentos naturalmente fermentados. En el caso de las frutas y verduras, hay un amplio consenso que -por lo menos-, los alimentos crudos deben constituir el 50% de nuestra ingesta total. Esto no es tan complicado de conseguir si comenzamos el día desayunando frutas y -de acuerdo a la norma higienista no la mezclamos con otro alimento- esperamos al menos media hora para consumir otra cosa; luego, en el almuerzo y la cena incorporamos una buena ración de ensalada que represente una generosa porción del global; y finalmente en las meriendas y tentempies incorporamos frutos secos previamente activados o alguna bebida vegetal elaborada con ellos -leche de almendras, sésamo, nueces…-.

Realmente hasta el más acérrimo consumidor de la dieta típica occidental, sentirá satisfacción si sigue este patrón y, como mínimo, incorporará más alimentos saludables y comida de verdad restándole protagonismo a otras opciones refinadas e industrializadas que tienen muchos aditivos como colorantes, conservantes o edulcorantes y pocas vitaminas, minerales y enzimas que tanto bien nos hacen.

Pablo de la Iglesia

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