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Manu Ginóbili: los secretos del “viejito”

Uno de los temas que encuentro fascinantes en el campo de la salud natural aplicada al deporte es la posibilidad de prolongar la carrera deportiva profesional y la forma física hasta edades mucho más avanzadas que lo habitual hoy día. ¡Quién no quisiera ver a Lionel Messi haciendo diabluras uno, dos o tres años más del tiempo habitual para una carrera futbolística! O a una futura Luciana Aimar eterna. Ni hablar de un Juan Martín del Potro imperecedero y menos expuesto a lesiones.

Un ejemplo concreto que esto es posible es el de Manu Ginóbili,quien se ha caracterizado por ser un profesional disciplinado y metódico, sin embargo, hacia lo que presumíamos que era el ocaso de su actividad en la NBA, el crack de Bahía Blanca relanzó su juego, brilló como nunca y nos ha venido manteniendo expectantes sobre su futuro profesional. ¡En realidad, ha superado ampliamente cualquier expectativa realista! Se ha convertido en el cuarto jugador de más de cuarenta años en convertir al menos veinte puntos en dos partidos consecutivos, sumando su nombre a los de Abdul-JabbarRobert Parish y Michael Jordan. Pero suma un plus por el que sobresale de los otros tres: es el primero que lo logra saliendo desde el banco de suplentes. ¡Y ha renovado contrato hasta los 42!

Mucho tiene que ver su relación con su primo, el fisioterapeuta Paulo Maccari,cuya relación viene de larga data: “Cuando yo me hice fisio en Argentina estuve trabajando en Boca Juniors y después estuve con él en la Kinder, luego yo volví a Boca y él se fue a Estados Unidos. Cuando te vas poniendo viejito te empiezas a preguntar qué puedo hacer para mantenerme. Yo ya me había venido a vivir a España, y empecé a ir cada 40 días a trabajar con él a Estados Unidos”, cuenta Manu.

El año 2011 fue un momento de crisis y oportunidad. Entonces empezó a notar algunas señales de alarma que indicaban que su cuerpo ya no respondía como antes y llamó a Maccari para diseñar una nueva estrategia para una puesta a punto; la primera indicación puso en guardia a Manu y diría que hubiera sido considerado una blasfemia por cualquier deportista formado en la vieja escuela: dejar de comer pastas.

Yo las pastas no las voy a dejar”,
se defendió Manu.

Yo las pastas no las voy a dejar”, se defendió Manu. Y el especialista le contó al diario Clarín que le propuso “comenzar y ver cómo se iba sintiendo”. ¡Y por suerte funcionó! “Toda mi vida hasta los 35 años mi rutina era un pedazo de pollo con pastas. Lo hacíamos todos. Hoy por hoy está cambiando eso. No es tan necesario o estricto el tema ese de que sin la pasta y los carbohidratos no vas tener la energía necesaria para jugar”, reconoció el ídolo argentino a NBA Latam sobre el final del 2017.

Maccari también observó otras de las claves del éxito en este proceso: eliminación de los cereales –fundamentalmente los que tenían gluten–, las harinas, los lácteos y el azúcar. “Al principio utilizó un poquito de miel. Después el cuerpo se fue acostumbrando y hoy no toma ningún tipo de endulzante”, señaló el fisioterapeuta que pasó por Boca, la selección argentina de basketball y hoy dirige una reconocida clínica en Madrid. Y lo cierto es que esto ha quedado altamente probado con la Dieta de la Zona diseñada por Barry Sears, que ya en la década del 90 obtuvo resultados resonantes con nadadores olímpicos de la Universidad de Stanford, cuya fuente energética principal eran los carbohidratos de baja densidad tales como las frutas y las verduras.

Según Maccari la dieta de Manu hoy tiene como estructura principal las verduras, el pescado, el pollo, los huevos de granja y la intención de ir quitando cada vez más las carnes rojas. “La idea es que sea toda comida biológica y que esté conformada por un porcentaje de grasas buenas muy alto. No de pan o cerdo, sino de palta, almendras, nueces, pescado, coco o huevo. Ese tipo de grasa es fundamental porque da mucha energía”, explayó. Y sentencia: “Antes te decían: ‘tienes que comer pasta, esto y lo otro’. Hoy sigo viendo profesionales que termina un partido y comen pizza. Como puede pasar eso hoy en día en equipos que valen millones de euros. Y el día de partido comen pasta, y para desayunar, donuts. Es vergonzoso, pero después el médico, por no entrar en conflicto con el jugador y con el club, lo deja pasar”.

La alimentación, sin embargo, no es todo, revela el fisioterapeuta: “Si te vas a una discoteca y comes lo que te da la gana seguramente tu carrera a los 30 años va a empezar a ir para abajo. Pero si haces trabajo de relajación, trabajo de meditación, comes bien, disfrutas de tu familia y tus amigos… eso es cuidarte y también es parte del trabajo”. La mirada integradora de la vida del deportista queda bien definida por el fisioterapeuta de Manu en esta frase: “Hay que verla, porque si el deportista está mal con su mujer, con el entorno o con su entrenador, la estática cambia. Por eso en un vestuario en el que todo va bien hay pocas lesiones. Todo fluye. Y cuando vienen las cosas mal se rompe uno, otro y el otro, porque todo lo emocional influye en la estática. Hay gente que dice: ‘Sé feliz y cómete una pizza. Eso es canalizar mal a través de la alimentación las emociones malas”.

Más allá de los detalles y la sintonía fina, queda claro que para tener un gran rendimiento deportivo -y porqué no en cualquier otra área-, una alimentación basada en alimentos, frescos, vivos e integrales conformando presentaciones que definimos como “comida de verdad”, es clave para tener éxito y forjar la “suerte” de los campeones. ¿Estás de acuerdo?

Pablo de la Iglesia

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Aceite de oliva, el oro mediterráneo

 Un cambio en la alimentación es un proceso que se da paso a paso; algo tan simple como cambiar un alimento refinado e industrializado, por otro integral y biológico, ya marca una gran diferencia, en especial si sostenemos ese hábito en el tiempo.

Cambiar un aceite común que ha sido sometido a procesos de desnaturalización por otro de primera prensada en frío, en lo posible de calidad orgánica y producido artesanalmente para conservar sus cualidades casi intactas, es una de las mejores inversiones que podemos hacer por nuestra salud.

En el mercado tradicional es difícil encontrar buenos aceites de girasol, uva, maíz, etc., y para adquirirlos hay que acercarse a negocios especializados como dietéticas o almacenes naturistas; en el caso del aceite de oliva, por sus características, en las grandes superficies encontraremos distintas calidades, entre ellas nuestra opción saludable: aceite de oliva virgen extra, que representa un equivalente a la denominación primera prensada en frío en otras variedades. Por supuesto, en los negocios especializados, encontraremos opciones orgánicas y de cuidada calidad artesanal que hacen una diferencia de sabor y dan un paso más allá en la calidad nutritiva, pero un buen aceite de oliva virgen extra ya es un gran paso para la mayoría de los hogares.

Todos los aceites de calidad tienen nutrientes valiosos que aportar si se consumen con moderación, pero en el caso del aceite de oliva encontramos particularidades que lo vuelven especial. En primer lugar, tolera altas temperaturas y prácticamente no pierde su valor nutricional al cocinarlo, a diferencia de otros como los recién mencionados cuyos ácidos grasos se deterioran; junto con el aceite de coco, son los más adecuados para cocinar y, por supuesto, también para usar en crudo.

Si bien necesitamos de los ácidos grasos poliinsaturados presentes en otros aceites, no es conveniente abusar de estos porque son propensos a la oxidación; los ácidos grasos monoinsaturados predominantes en el de oliva, son más resistentes al ataque de los radicales libres y nos permite consumir mayor cantidad con un margen de seguridad mucho más amplio.

¿El aceite de oliva es caro? Eso afirman muchas personas, pero yo argumentaría que un litro de un buen aceite de oliva virgen cuesta, como mucho, lo mismo que dos o tres litros de refrescos azucarados, los cuales hoy se consumen en cantidades industriales -en Argentina, por ejemplo, el promedio supera los 130l por habitante-; podemos reemplazar los refrescos por agua, comprar aceite de oliva virgen y salimos ganando por partida doble: sumamos nutrientes y restamos antinutrientes.

En fin, tampoco es mi propósito cuidar el bolsillo de nadie sino contribuir a mejorar la salud global con el fomento de buenos hábitos y en este sentido cada uno debe establecer sus prioridades de inversión. ¡Hacerse cargo y responsables de nuestras opciones! Entre mis prioridades, ¡un buen aceite de oliva! 🙂

Variedades de aceite de oliva

De acuerdo a como sea su proceso de elaboración, el aceite de oliva se define de acuerdo las siguientes denominaciones:

1. Aceite de oliva virgen: se obtienen por procedimientos que no producen la alteración del aceite por elevadas temperaturas y cuyo único tratamiento es el lavado, la decantación, la centrifugación y el filtrado. Según sus cualidades se define como vírgen o vírgen extra; estas dos opciones, en orden ascendente, son las mejores para el cuidado de la salud.

2. Aceite de oliva refinado: se obtiene a partir de la refinación de aceites de oliva vírgenes.

3. Aceite de oliva: elaborado a partir de una mezcla de aceite de oliva refinado y aceite de oliva virgen.

4. Aceite de orujo de oliva: se elabora con la grasa que queda adherida a los restos de la extracción del aceite de oliva extra y refinado, y con los residuos de huesos y pieles de las aceitunas. Esta es la variante de menor calidad y, al igual que todas las variantes que no respondan a la denominación virgen o virgen extra, ha perdido las nobles propiedades de este alimento maravilloso.

Razones para consumir aceite de oliva

Este elixir del Mediterráneo ha sido muy investigado en las últimas décadas y se ha comprobado que:

* Regula los niveles de colesterol y triglicéridos.

* Protege la integridad del sistema cardiovascular.

* Reduce la acidez gástrica y previene contra úlceras o gastritis.

* Estimula la secreción de la bilis por parte de la vesícula biliar.

* Es muy bien absorbido por el intestino facilitando la regularidad intestinal.

* Favorece la mineralización del hueso.

* Tiene probados efectos anticancerígenos.

* Protege y tonifica la piel.

* Fortalece y protege de la oxidación a las membranas celulares.

Una de las características del aceite de oliva es que en su composición de ácidos grasos predominan los monoinsaturados, los cuales tienen unas propiedades especiales para la salud; su particularidad es que tienen casi las mismas propiedades que los predominantemente insaturados pero sin el riesgo de enranciarse prematuramente.

Entre los aceites monoinsaturados destacamos los de almendra, palta, avellana, coco y el más usado por excelencia, el de oliva. Estas variedades favorecen la disminución del colesterol LDL (malo) y mantienen elevado el HDL (bueno), siendo cardioprotectores por excelencia. Esta es una de las razones por la cual, a pesar de tener una dieta elevada en grasas, los países de la esfera mediterránea tienen menor incidencia de afecciones cardiovasculares.

A continuación una entrevista en la cual comparto algunos de estos conceptos:

¡Qué estés bien!

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Propiedades de las almendras

En su composición nutricional, aproximadamente la mitad de los macronutrientes se dividen en proteínas e hidratos de carbono y la otra mitad son lípidos entre los que predominan los de tipo monoinsaturados protegidos por una buena dosis de vitamina E; agreguemos que entre los carbohidratos predominan las fibras que no estimulan la insulina y por lo tanto no favorecen las condiciones metabólicas para que el cuerpo almacene grasas.

De acuerdo a una iniciativa de la American Dietetic Association, las almendras constituyen una buena opción para incluir en nuestros desayunos o tentempiés y nos ayudarán a alcanzar objetivos como adecuar el peso, regular los niveles de lípidos, estabilizar la glucosa y un estado general de bienestar.

Entre sus propiedades podemos citar:

  • Control de peso
  • Tónico del sistema nervioso
  • Poder antioxidante
  • Protección de la piel
  • Protección cardiovascular
  • Suave analgésico natural
  • Fortaleza ósea
  • Embarazo
  • Alimentación del bebé y los niños
  • Previene el cáncer

Veamos algunas de sus propiedades:

¡Buen provecho!

Pablo de la Iglesia

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Propiedades del arroz YAMANÍ

El arroz yamaní, una variedad originaria de Japón que se cultiva en climas templados y fríos, es un grano corto, de color dorado y un sabor dulzón que tiene reminiscencias a nuez. Sin duda es uno de los más populares y reconocidos; veamos cuales son los méritos para ocupar ese lugar:

  • Rico en vitaminas del complejo B, sumando su valioso aporte para mejorar la digestión, tonificar el sistema nervioso y favorecer el metabolismo de los hidratos de carbono.
  • De todas las variedades de arroz, es uno de los que menos proceso tiene desde el campo al consumidor.
  • A diferencia de la mayoría de los cereales que suelen ser ligeramente acidificantes, el yamaní tiene un equilibrio ácido/alcalino neutro; probablemente esta es la razón más importante por la que se consolidó como uno de los preferidos de la cultura macrobiótica y luego en otras escuelas de salud natural.
  • Es ligeramente hipotensor.
  • Por supuesto, no contiene gluten.

​Alimento ideal para monodietas desintoxicantes, especialmente en personas con cáncer, hipertensión, problemas renales, cardiovasculares u obesidad.

Para proceder a su cocción, colocar en una olla dos tazas de arroz yamaní y cuatro o cinco tazas de agua y, opcionalmente, una cucharadita de sal. Llevar a fuego fuerte y cuando empiece a hervir se debe tapar la olla y bajar el fuego; luego de unos veinte minutos el grano debe estar seco. Se apaga el fuego, se revuelve con una cuchara de madera y está listo para cualquier preparación culinaria; consumir inmediatamente o guardar en el frigorífico en un envase con tapa y, si no lo vamos a consumir en el día, podemos mezclarlo con una o dos cucharadas de un buen aceite para evitar que se seque.

En este caso, observemos que el tiempo de cocción es más largo que el del arroz común pero más corto que el de otras variedades como el negro o el rojo.

Demás está decir que aprovecharemos su consumo en el marco de una alimentación saludable, basada en frutas, vegetales y frutos secos, con cantidades moderadas de legumbres y cereales; de la misma manera que moderaremos el consumo de alimentos de origen animal –o los eliminaremos si somos vegetarianos-.

El arroz yamaní por sí mismo no hace a una dieta equilibrada, pero te acerca un paso más a ella.

¡Buen provecho!

Pablo de la Iglesia

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¡El pollo “engorda”!

En Argentina, el consumo de carnes aumentó de manera significativa, contribuyendo -sin ninguna duda- al deterioro de la salud en general y al aumento de la obesidad y sobrepeso en particular.

El consumo de pollo aumentó desde 10,9 kg en 1990 a 44,9 kg en el 2017. Quienes pintamos unas canas, recordaremos que un buen consejo en aquellos días era reemplazar nuestro históricamente excesivo consumo de carne vacuna por algo de pollo. Convengamos que en aquel entonces la vaca y el pollo, poco o mucho, pero caminaban, comían pasto y verdeo y, comparada con la actual, tenían una vida idílica. Con todo, era un excelente consejo: el pollo tiene menos grasa saturada, podemos desgrasarlo con facilidad y aporta una proteína mucho más limpia.

La idea era que los embutidos eran inadecuados para la salud, las carnes rojas como la de vaca o cerdo debían evitarse o moderarse y el pollo o el pescado eran la opción preferente; así el consumo de pollo aumentó mucho, llegando a triplicarse en los Estados Unidos donde llegó a ser la más elegida. Y digamos que, muy atrasados, pero las variables de consumo alimentario y sanitario en este país, son seguidas por los argentinos de manera casi calcada.

El punto es, que en aquel entonces los pollos comenzaron a ponerse gordos y quienes los consumían también; de aquella carne magra que nos aportaba esta noble ave, a los Frankensteins emplumados que la industria produce a costa de antibióticos, hacinamiento y reducción de costos, eso, ¡solo quedan las plumas!

De acuerdo a una investigación publicada en la revista Nutrition, se examinó el consumo de carne en adultos y se lo comparó a su IMC ; para ofrecer mejores garantías de los resultados, los investigadores crearon controles para otros factores como “edad, ingesta de energía basal total, ingesta de alcohol, consumo de verduras, consumo de frutas, consumo de cereales, nivel de actividad física, fumar, nivel educativo, y hábitos dietéticos en los últimos 5 años”, de tal modo la principal diferencia entre los sujetos del estudio fuera en las clases y cantidades de carnes que consumían. ¿Cuál fue el resultado? El consumo de pollo estaba más fuertemente asociado con ganancia de peso tanto en los hombres como en las mujeres.

De manera sorprendente, esto ocurría aún cuando la cantidad de pollo consumida era mínima. Al comparar con las personas que no consumían pollo, las personas que comían 20 o más gramos de pollo al día tenían IMC significativamente mayores; es decir, el impacto de un equivalente a media pechuga a la semana realmente nos puede hacer engordar. ¡Esto no se explica por las calorías! Al menos, no totalmente. ¿Será que los pollos Frankenstein tienen algo que ver? ¿O que el hecho que cuando decimos pollo también decimos un montón de presentaciones industrializadas que le restan aún más valor y le agregan tóxicos que desequilibran el metabolismo?

Desde los primeros pasos en la crianza de pollos en Estados Unidos a finales del siglo XIX hasta la fecha, la transformación de estos animales para consumo humano ha sido impresionante. En la década de 1920 y 1930 empezó a crecer mucho la explotación de granjas especializadas en la producción avícola y poco a poco se fue acelerando una carrera genética en una búsqueda voraz para obtener aves de mayor peso en menor tiempo y con menos requerimientos de alimentos por kilo de carne producido. Es decir, si aún comes carne de pollo, nadie en la industria se está preocupando por la calidad nutritiva de lo que te llevarás a la boca, sino de la cantidad producida con crecientes niveles de eficiencia especulativa que solo mide el costo-beneficio económico directo.

Uno de esos pollos es el conocido como pollo “Broiler”, el más utilizado en la industria por tener una tasa de crecimiento muy rápida, una excelente transformación del pienso en carne (índice de conversión) y una carne blanca que se presenta como tierna, pobre en grasa y de muy fácil digestión. Una conocida granja industrial argentina lo describe como “un animal muy pacífico, sociable y sedentario”. ¡Cómo si el pobre animal tuviera la oportunidad de rebelarse en las jaulas donde se lo cría en un hacinamiento brutal y una convivencia que es insoportable pero no tienen opción de moverse para matarse a picotazos!

De acuerdo a la información proporcionada por el Departamento de Agricultura de los Estados Unidos y obtenidos de la Agencia de Estándares de Alimentos y el Instituto de Química Cerebral y Nutrición Humana, “una porción de pollo de 100 gramos en 1896 contenía 16.2 calorías de grasa y 91.2 calorías de proteína para dar un total 107 calorías. Casi cien años después, en el 2004, la misma porción de 100 gramos de pollo contiene más de 205 calorías de grasa y aproximadamente 65 calorías de proteína para dar un total de 273 calorías”.

Es decir, solo 100 años hemos logrado que el animal sufra una transformación que la evolución natural -si concibiéramos una en el sentido de esta aberración-, el contenido de grasa en el pollo subió más de diez veces mientras que el contenido de proteína bajó un tercio; así mismo, el contenido general de calorías en el pollo hoy en día es casi tres veces mayor de lo que era hace cien años. Pues entonces, aquello de cambiar la carne roja por carne de pollo, quizá ya no sea una buena opción y la pregunta debería ser, no qué tipo de carne, sino cual es la procedencia de la carne.

Insisto, como muchas veces lo hago, que soy partidario de vegetarianizar la dieta y, si no es que nos regimos por alguno de los patrones vegetarianos, al menos mantener el consumo de carnes en mínimos; en cualquiera de las tres opciones se puede llevar una dieta saludable. Así mismo, es vital velar por el origen de los alimentos, mucho más en el caso de aquellos de origen animal, y aún más en el caso del pollo y los huevos.

Jonathan Ewald, periodista del portal Life + Health (http://www.lifeandhealth.org) relata que, de acuerdo a la investigación publicada en Nutrition antes mencionado, que “en lo que concierne a los pollos, los autores del estudio hicieron una pregunta fascinante; «¿Será que comer obesidad causa obesidad?». De acuerdo al Doctor Michael Greger, un doctor especialista en nutrición clínica citado por el mismo reportero en su artículo “Los pollos y obesidad”, afirma que «el cóctel de selección de genes para ganancia de peso rápida, la falta de ejercicio y la disponibilidad de comida de alta energía las 24 horas del día, son una receta sencilla y bien conocida para crear obesidad en esas aves”

Otro punto a considerar es que el pollo, alguna vez considerado una buena fuente de ácidos grasos de Omega 3, hoy tiene una relación entre los ácidos grasos Omega 6 y 3 de 9: 1; nuestra dieta occidental refinada e industrializada, se ha excedido en la oferta de ácidos grasos Omega 6 y ha provocado un desequilibrio entre los ácidos grasos Omega 6 y 3 que contribuye a que tengamos predisposición a mayores proporciones de enfermedades autoinmunes, alergias, cáncer, inmunidad deprimida o procesos inflamatorios.

Demás está decir que los animales criados y producidos en estas condiciones que han deteriorado, como hemos visto, su valor nutricional, además de ser obesos, desarrollan una altísima predisposición a padecer todo tipo de enfermedades, entre las que se citan:

  • Disfunción cardiovascular- lo cual lleva a fallo cardíaco o síndrome de muerte súbita.
  • Disfunción esqueletal- que conduce a dolor al caminar y cojera (debido al crecimiento rápido y la falta de espacio para hacer ejercicio)
  • Dermatitis de contacto- erupciones causadas cuando los pollos son forzados a yacer sobre su propio excremento por semanas donde hay concentraciones altas de amoniaco
  • Falta de espacio para moverse, falta de luz natural y mala calidad de aire
  • Anormalidades oculares (tales como glaucoma aviar)
  • Manejo rudo y transporte que a menudo lleva a lesión o muerte de algunas aves

Ante este escenario, las opciones no son muchas si desean cuidar y mejorar tu salud:

  • Elimine el pollo y los huevos industrializados; busca tus lípidos y proteínas en frutos secos, legumbres o algas, que con el complemento de las frutas, las verduras y los granos integrales estará bien cubierto.
  • Reduzca la cantidad de pollo, huevos y otros productos de origen animal, limitando su consumo moderado a aquellos que sean de producción orgánica y de pastoreo.

Verdad de hierro: la carne de pollo, al menos la industrializada, ha resultado ser la peor en cuanto a la asociación entre su consumo y la predisposición al sobrepeso y la obesidad.

Si le quedan ganas de comer pollo y un día de estos lo invitan a hacerlo, la pregunta es: ¿qué pollo?

Pablo de la Iglesia